Driversity | La Culpa
EDUCACIÓN, me apasiona el sector, enseñar y aprender, FUNDACIONES en España y Estados Unidos. EQUIPOS, sé valorar y potenciar el TALENTO incluso en entornos complejos. CAMBIO, sé gestionarlo y además promoverlo. DIVERSIDAD, investigación, divulgación y gestión, con especial atención en CULTURA, LGBT y MUJER. Mi involucración en un COMITÉ DE DIRECCION me ha aportado la capacidad de ver la FOTO COMPLETA de las ORGANIZACIONES. Mi experiencia INTERNACIONAL me ha hecho FLEXIBLE. Me gusta EMPRENDER no tengo miedo a la INCERTIDUMBRE y estoy acostumbrada a trabajar en entornos DIFÍCILES. PROYECTOS incluyendo DISEÑO, GESTIÓN Y FINANCIACIÓN. Me satisface haber sido capaz de EQUILIBRAR una CARRERA EXIGENTE con una FAMILIA EXTENSA y con LO QUE ME GUSTA.
Margarita Alonso, Driversity, Feminismo, diversidad, empoderamiento de la mujer.
6949
post-template-default,single,single-post,postid-6949,single-format-standard,edgt-cpt-1.0.2,ajax_fade,page_not_loaded,,homa child-child-ver-1.0.0,homa-ver-2.1, vertical_menu_with_scroll,smooth_scroll,grid_1300,blog_installed,enable_full_screen_sections_on_small_screens,wpb-js-composer js-comp-ver-5.2.1,vc_responsive

La Culpa

La culpa

Mi suegra no quería que contratáramos una cuidadora tantas horas y se brindó a arrimar el hombro. Aunque los niños ya fueran al cole, yo no podía ir a trabajar sin su presencia. No me podía permitir una gripe, una tos, otra bronquiolitis sin aquella buena mujer en casa de la mañana a la noche. El acuerdo fue que los abuelos vinieran cuando quisieran y cuando pudieran, aunque supusiera duplicar esfuerzos. Y ¡Caramba! Siempre quisieron y casi siempre pudieron.

Con todo y con eso, todavía hoy recuerdo vívidamente aquel reproche de mi madre: “Estos niños están demasiado tiempo con la cuidadora”. Salté como una pantera. Mi propia madre, la que siempre me empujaba a dar un paso más en mi carrera, ahora me venía con estas… Entonces no supe entender la desproporción de mi reacción. Ahora lo sé: me activó el resorte de la culpa.

Las sociedades avanzan de un paradigma a otro. Durante milenios hemos vivido en el paradigma de reparto de roles. A las mujeres les correspondía la maternidad y el cuidado y a los hombres el papel de proveedor. El nuevo paradigma contempla la igualdad de oportunidades para elegir, y la libre opción de no tener hijos. Este cambio ha permitido a las mujeres el acceso a puestos profesionales de decisión y a los hombres la flexibilidad de poder optar por un mejor equilibrio entre lo profesional y lo familiar.

Pero el cambio no es fácil, y requiere un proceso largo de prueba y error. Un tira y afloja permanente entre creencias y valores con constantes escollos en el camino, como la culpa o los sesgos inconscientes; y también dolorosos fracasos.

Decía Ortega que “nuestras creencias las somos”. Son el patrón oro resultado de la historia y la experiencia que de forma imperceptible pilota nuestra forma de regirnos en la vida. Está tan oculto en nuestro interior que no lo conocemos a no ser que de forma deliberada lo estudiemos.

Por su parte, Hofstede define los valores como “lo que debería ser”. La tendencia natural a una nueva manera de hacer las cosas. Las sociedades, las familias, las personas más conservadoras son las que se aferran a las creencias, y las más aperturistas y modernas las que tienden de manera natural hacia los valores. Pero todos vivimos bajo constante lucha entre creencias y valores.

Esta tensión fue la responsable de que mi madre, que en su día fue entusiasta bailarina de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, tuviera ese cortocircuito. Ella sabía que una alta ejecutiva no puede ser madre presencial 24 horas.

Mi madre, mi referente y su contradicción me generaron el sentimiento de culpa, despertaron en mí el complejo de mala madre, que hasta entonces nunca había sentido y que resucita en cada escollo de las vidas de mis hijos. “Sí en vez de trabajar tanto, me hubiera dedicado más a ellos … Presiento que rara vez lo sufrirán los hombres de mi edad, porque las creencias culturales les otorgan carta blanca para la ausencia, si es por trabajo.

Según Maslow, la culpa puede emerger por dos vías diferentes. La culpa intrínseca es la traición a la propia naturaleza interior de la persona, el abandono de la senda de la autorrealización y, según el propio Maslow, es una desaprobación justificada. Es una discrepancia real dentro de la persona. Sin embargo, la conciencia intrínseca de culpa es la introducción en el yo de las desaprobaciones y aprobaciones de personas ajenas al individuo mismo. Esta culpa es el reconocimiento de la desaprobación ajena.

Aunque en los tiempos de La Perfecta Casada de Fray Luis de León, la mujer, como el buey, formaban parte de las más preciadas “posesiones” del ajuar de un buen marido, en la época moderna nos enfrentamos a otra realidad. En los valores actuales, la mujer pasa de ser una parte del nosotros a un yo en paralelo al yo masculino. Sin embargo, las creencias actuales siguen todavía muy ancladas en la figura masculina como el gran proveedor y la mujer en el cuidado en una simbiosis preestablecida. Recordemos que las creencias fluyen como un acuífero subterráneo y sólo asoman a la superficie en forma de sesgos inconscientes.

Para construir machos proveedores la tradición les enseña a ser invulnerables, lo cual requiere la negación de los sentimientos; viriles, aspecto que se mide en función de la “cantidad y calidad” de las conquistas sexuales y de la capacidad económica. Eres un referente masculino si no lloras nunca. ¿Le suena la frase “al trabajo se viene llorado de casa” ?; si eres un playboy o tienes una mujer espectacular como los futbolistas o si ganas mucha pasta. Para producir hembras cuidadoras, la tradición les inculca la abnegación, que es la negación del yo.

Nunca utilizo el concepto “patriarcado” porque creo que los hombres también han sido víctimas del modelo de reparto de roles. Ser el proveedor es una carga pesada, tal y como vemos en la actualidad con los varones que pierden el trabajo a los cincuenta y no levantan cabeza. No sólo por el descalabro económico, sino también por el ataque a la línea de flotación de su masculinidad.

Ajustarse a los nuevos valores para las mujeres significa librarse de la culpa que las ancla en la entrega (abnegada y desinteresada) a los demás. También en el trabajo, dejando de asumir de manera natural las labores administrativas y sociales en la oficina que las mujeres abrazan bajo el lema “A mí no se me caen los anillos” y que solemos llamar “soft skills”. En realidad, este término es un eufemismo de “trabajo imprescindible que hay que hacer pero que aporta cero visibilidad, reconocimiento y promoción y es un lastre para el liderazgo”. Hacer y corregir las presentaciones, elaborar la agenda y las actas de las reuniones, montar cenas y eventos, organizar a los becarios, comprar los billetes, etc.

Y por su parte los hombres tendrán que aprender a lidiar con el sentimiento de traición a la vieja masculinidad. Sacudirse el miedo a ser el hombre blandengue que el Fary tanto aborrecía aceptando su necesario papel en la corresponsabilidad; reconociendo que los que a partir de los 50 van por ahí presumiendo de su hombría, o son mentirosos compulsivos o adictos al milagro azul; que el dinero y el poder no lo son todo, sobre todo si conlleva renunciar a una vida equilibrada y a vivir la familia en plenitud, con sus sombras: aceptando las ataduras del cuidado a padres, hijos y dependientes, pero también con sus luces.

Otros artículos de la serie ¡Y ahora qué!

Meritocracia

De quien es el patio del colegio

Salir del armario

A mi nunca me han discriminado

¡El señoritooooo!

Pues que yo sepa, los niños también lloran

Pero no solo hay que parecerlo

El tiempo es oro

No Comments

Post a Comment