Driversity | Y AHORA QUÉ, EL TIEMPO ES ORO
EDUCACIÓN, me apasiona el sector, enseñar y aprender, FUNDACIONES en España y Estados Unidos. EQUIPOS, sé valorar y potenciar el TALENTO incluso en entornos complejos. CAMBIO, sé gestionarlo y además promoverlo. DIVERSIDAD, investigación, divulgación y gestión, con especial atención en CULTURA, LGBT y MUJER. Mi involucración en un COMITÉ DE DIRECCION me ha aportado la capacidad de ver la FOTO COMPLETA de las ORGANIZACIONES. Mi experiencia INTERNACIONAL me ha hecho FLEXIBLE. Me gusta EMPRENDER no tengo miedo a la INCERTIDUMBRE y estoy acostumbrada a trabajar en entornos DIFÍCILES. PROYECTOS incluyendo DISEÑO, GESTIÓN Y FINANCIACIÓN. Me satisface haber sido capaz de EQUILIBRAR una CARRERA EXIGENTE con una FAMILIA EXTENSA y con LO QUE ME GUSTA.
Margarita Alonso, Driversity, Feminismo, diversidad, empoderamiento de la mujer.
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Y AHORA QUÉ, EL TIEMPO ES ORO

EL TIEMPO ES ORO 

 TIEMPO ES ORO “Si lo llego a saber no tengo hijos”. Es una de las afirmaciones más duras que yo he oído. Y se la oí decir a una profesional con reducción de jornada. Lo que se supone era una medida para que aquella mujer mejorara el equilibrio entre su vida profesional y personal se había convertido en una trampa. “Estoy exhausta, me siento engañada”.

La reducción de jornada es uno de esos inventos de los políticos. Una de esas bombas de racimo que cuando deciden lanzar evalúan parcialmente sin tener en cuenta que los daños colaterales pueden superan a los supuestos beneficios. Y sobre todo sin analizar quienes son al final los principales beneficiados.

La reducción de jornada es uno de los inhibidores modernos para la corresponsabilidad. Las mujeres son las que mayoritariamente se acogen a ella. Agobiadas por la culpa, y la presión cultural sucumben irremediablemente ante la brecha salarial que también se da en el hogar. Sus parejas consiguen carta blanca para dedicarse al 100% a su carrera, despreocupándose del tiempo del hogar y del cuidado, de hijos y mayores dependientes o dependientes por incapacidad. Detrás de cada gran hombre, en estos hogares, sigue habiendo una gran mujer. Esta medida apoyada en la inercia cultural contribuye a perpetuar el reparto de roles de padre proveedor y madre cuidadora.

La reducción de jornada es un freno para el crecimiento del liderazgo femenino. Aunque no debería ser así, es percibida por el empleador como un menor compromiso (todavía se percibe la limitación de horas como una eficiencia menor). Las personas que se acogen a esta medida en la práctica sufren un estancamiento profesional y salarial, no hay subidas ni promociones. Se cobran menos horas y menos dinero a la hora. El blindaje del contrato de una madre en reducción de jornada es una ventaja, sobre todo para los puestos de baja cualificación y de fácil sustitución, pero un freno manifiesto a la contratación de mujeres jóvenes (con intención de ser madres o no) y para su promoción a puestos de toma de decisión. La reducción de jornada es utilizada de forma espuria por muchas madres, que en realidad no la necesitan, para evitar un despido o negociar una mejor indemnización.

Es una injusticia para la mujer que ve como su carrera se paraliza o se ralentiza y además al reducir su cotización a la seguridad social pone en riesgo su vejez con pensiones de jubilación más bajas. En caso de separación o divorcio no existen pensiones compensatorias, que ecualicen la situación económica entre los miembros de la pareja, aunque la otra parte se haya visto beneficiada en su proyección profesional.

Si no es una solución tan redonda ¿por qué se persiste en ella  en lugar de revisarla? De hecho, en su día se reforzo pasando de los ocho a los doce años del menor. Ya desde el siglo XIX los sindicatos de la Inglaterra industrial apostaron por el salario familiar: Se trataba de blindar los puestos de los obreros cualificados limitando el acceso de las mujeres y los niños a los mismos. Al cobrar menos, eran preferidos por el empleador, poniendo en peligro la prosperidad de los hogares dependientes de un padre de familia.

La Sección Femenina de la postguerra española cumplió la misma misión, evitar que las mujeres ocuparan los puestos laborales de los hombres. Además, al educarlas en higiene y atención medica de primera necesidad se producía un gran ahorro en medicina primaria supliendo la precariedad sanitaria. Las mujeres solteras que trabajaban recibían créditos sin intereses si al casarse desistían de su empleo. Se trataba de desincentivar el trabajo remunerado de la mujer para proteger el salario del padre de familia.

En la actualidad la falta de dotación económica de la ley de dependencia (una utopía) pide a voces mano de obra gratuita para el cuidado. Y las altas tasas de desempleo se ven aminoradas si quien lo tiene renuncia a él o reduce sus horas. Además, una mujer desempleada que trabaja en el hogar, no se registra en el paro reduciendo las tasas de desempleo tan poco convenientes, sobre todo en periodo electoral.

La corresponsabilidad es una simple cuestión de reparto del tiempo. Se trata de buscar un equilibrio equitativo entre la vida privada y el trabajo. El principal problema es que profesionales, empleadores y administraciones al hablar de tiempo piensan solo en dos tiempos el profesional y el privado cuando en realidad son tres.

El tiempo público es el que dedicamos a nuestra vida profesional, aquel por el que recibimos un salario. Hay que contabilizarlo con todos sus satélites, en realidad, actualizad un perfil en Linkedin no es trabajar ni nos van a pagar por ello, pero es un tiempo necesario para incrementar la empleabilidad.

El tiempo doméstico es el tiempo que dedicamos a los quehaceres del día a día que sin ser remunerados son necesarios para nuestra subsistencia y bienestar y el de nuestras familias. El cuidado de menores, mayores y dependientes, la limpieza, la cocina, las reparaciones del hogar, hacer la compra, gestionar los bancos, llevar los niños al cole, quitarles los piojos, o hacer la declaración de la renta son labores necesarias para el hogar que consumen tiempo y no son reconocidas económicamente, salvo que sean externalizadas.

El tiempo propio es el gran desaparecido en la ecuación del balance de vida personal y profesional. Es el que dedicamos a nuestra propia realización.

No es fácil clasificar cada una de nuestras actividades del día a día en una de estas categorías. Por ejemplo, jugar un partido de tenis a priori puede ser considerado tiempo propio pues es una actividad de ocio. Sin embargo, para Garbiñe Muguruza jugar al tenis es su modo de vida y por lo tanto tiempo público. Asimismo, para un padre que enseña a su hijo a jugar, en vez de echar un partido con sus colegas, es tiempo doméstico.  Pero todavía es más complejo, casi todos percibimos que Muguruza tiene suerte porque se gana la vida con lo que le gusta, pero al final debe ser duro entrenar todos los días mil horas. También habrá quien diga que jugar con tu hijo al tenis es el mejor regalo que se pueda desear…

A lo largo de los siglos XIX y XX con la consolidación de las grandes ciudades los hogares han dejado de ser centros de producción. El pan se compra en la panadería, la ropa ya no se hace en casa, ya no hay huertos ni se crían animales domésticos para el consumo propio. El negocio familiar se desliga del hogar, lo hijos no ayudan en la tienda, ni se hacen abogados si el padre tiene un despacho, el gabinete del doctor ya no está en su casa. El mundo público y el domestico se desvinculan y el público se revaloriza: Tanto tienes, tanto vales, y las rentas individuales, son la vara de medir.  El modelo de reparto de roles tradicional ha vinculado la masculinidad con el éxito en la arena pública, un buen padre de familia lo es en la medida en que pueda proveer holgadamente para los suyos.

El tiempo doméstico, sin embargo, se devalúa, al no ser monetizado no se valora y se percibe como tiempo privado, además la inercia cultural ha inculcado a las mujeres la abnegación en el cuidado como la forma de realización personal. El cuidado de los hijos se convierte en una necesidad y no en un servicio desinteresado como se les enseña a los padres.

El tiempo doméstico es elástico, y atiende únicamente a la necesidad, si el bebé llora toda una noche no hay un turno de noche ni horas extras, ni un sindicato que vigile si una madre ha trabajado más de quince horas seguidas. Si hay que llevar a la abuela al médico, o al perro al veterinario, si hay que ir a una tutoría, todo cabe en la agenda elástica que quien dedica sus horas al tiempo doméstico. En el tiempo doméstico no hay vacaciones, en realidad con todo el mundo en casa la demanda crece. Y aunque el trabajo doméstico se externalice y no se realice en primera persona, siempre queda la responsabilidad de la gestión, alguien tiene que monitorizar a la cuidadora o dar una respuesta si se enferma.

Nadie discute que la labor de un guarda jurado que cuida un edificio durante la noche sea un trabajo, pero no se percibe igual la vigilancia de un bebé mientras duerme. El trabajo doméstico no se sindicaliza, es un entorno de aislamiento y no hay un convenio que lo proteja en caso de abuso. Además, la dependencia económica es el caldo de cultivo para el maltrato.

El tiempo propio se difumina para los hombres con el tiempo público, el palco en el Bernabéu con los clientes, las comidas y las cenas de trabajo, el partido de pádel con el jefe, el viaje de incentivo, o el congreso, la convención de ventas, el master. La culpa y el instinto maternal diluye el tiempo propio de las mujeres con el que dedican al hogar y al cuidado. Un trabajo invisible que solo se aprecia cuando falta y no hay calcetines en el cajón o se ha terminado el champú. Y si es duro recibir feedback de un jefe exigente o injusto es más penoso recibir el reproche y la bronca de tu propia progenie.

Renunciar al tiempo propio en aras de tener mayor exposición pública es altamente rentable en la escala social en la que tristemente medimos el éxito y la realización personal en nuestros días: las rentas personales. Invertir en tiempo doméstico es la antítesis.

Bueno, en realidad siempre fue así, lo que pasa es que el modelo de reparto de roles y el matrimonio indisoluble protegía a quien dedicaba su tiempo a lo doméstico. Considero que la autodeterminación personal es un avance de la sociedad del siglo XXI de modo que solo nos queda una respuesta:  estimular la corresponsabilidad. Han pasado años desde la aprobación de la ley de Igualdad en el 2007. Evaluemos los aspectos positivos y los negativos y analicemos objetivamente sus resultados. Quizás hay que revisarla.

Si te ha gustado este artículo, debes leer a Soledad Murillo, a Mª Ángeles Durán y a Kathleen Richmond.

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