Driversity | Y AHORA QUÉ, iEl SEÑORITOOOO!
EDUCACIÓN, me apasiona el sector, enseñar y aprender, FUNDACIONES en España y Estados Unidos. EQUIPOS, sé valorar y potenciar el TALENTO incluso en entornos complejos. CAMBIO, sé gestionarlo y además promoverlo. DIVERSIDAD, investigación, divulgación y gestión, con especial atención en CULTURA, LGBT y MUJER. Mi involucración en un COMITÉ DE DIRECCION me ha aportado la capacidad de ver la FOTO COMPLETA de las ORGANIZACIONES. Mi experiencia INTERNACIONAL me ha hecho FLEXIBLE. Me gusta EMPRENDER no tengo miedo a la INCERTIDUMBRE y estoy acostumbrada a trabajar en entornos DIFÍCILES. PROYECTOS incluyendo DISEÑO, GESTIÓN Y FINANCIACIÓN. Me satisface haber sido capaz de EQUILIBRAR una CARRERA EXIGENTE con una FAMILIA EXTENSA y con LO QUE ME GUSTA.
Margarita Alonso, Driversity, Feminismo, diversidad, empoderamiento de la mujer.
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Y AHORA QUÉ, iEl SEÑORITOOOO!

Únicamente los que hemos llegado a ver la tele en blanco y negro recordamos esta expresión y a la grandiosa Gracita Morales refiriéndose así al hijo de la casa en la que tenía que servir. Y es que eso es lo que es, según la RAE, “señorito”, una persona, especialmente si es joven, a la que sirve un criado; joven acomodado y ocioso.

“Señorita” no se define como la forma femenina del mismo significado: “tratamiento de cortesía aplicado a una mujer soltera” o “tratamiento de cortesía que se da a maestras de escuela, profesoras, o también a otras muchas mujeres que desempeñan algún servicio, como secretarias, empleadas de la administración o del comercio, etc.”

No culpemos a la RAE. El lenguaje es un constructo vivo, es decir, evoluciona. Basándose en la observación del uso que hacemos del mismo, su misión es describirlo y extraer unas reglas, no diseñarlas.

Mientras que “señorito” alude a una situación de privilegio y ociosidad, “señorita” se refiere a soltería y profesiones feminizadas. Hace muchos años, en la boda de un familiar, fuimos a despedirnos de la novia, una mujer radiante, y nos quedamos de una pieza cuando respondió a nuestra felicitación con un “Gracias, gracias. ¡Sí! ¡Qué felicidad! ¡Ya soy señora!” No lo recordaría tan vívidamente si no fuera porque a la vez, sin ser consciente, daba saltitos y palmas de la excitación que le producía escuchar sus propias palabras.

En los años de la tele en blanco y negro, la máxima aspiración de una mujer todavía era casarse y tener hijos; la carrera profesional no era un objetivo, de ahí que resultase vital distinguir a una mujer soltera/en espera de un marido, de una casada/fuera de mercado. Aunque muchas mujeres trabajaban, lo hacían principalmente por necesidad, por carecer de un varón que proveyera en el hogar. Una vez que abandonaban la soltería, se centraba en el cuidado de la familia. Por eso era habitual referirse a una mujer en el entorno laboral como “señorita”, es decir, “mujer que trabaja hasta que se case”. Esta costumbre persistió. Todavía en mi época escolar, me chocaba llamar señorita a una profesora al borde de la jubilación, pero así era…

Y es que el lenguaje tiene a la vez un doble poder: es descriptivo y performativo. La palabra “señorita” describía en el pasado a una mujer soltera y, por lo tanto, no emancipada, pues, para abrir una cuenta bancaria, por ejemplo, dependía de la autoridad paterna, hasta que se casara, se convirtiera en señora, adoptara el apellido del marido y pasara a depender de su permiso para poder seguir trabajando.

En este caso, “señorita” es un término descriptivo que acaba por convertirse en performativo al desafiar la autonomía e independencia económica de las mujeres actuales. Así ocurre cuando son llamadas “señoritas” si son maestras o dependientas, ingenieras o astronautas… Me pregunto si el despreocupado profesor del cómic llamaría señorita a la funcionaria de Hacienda que estuviera llevando a cabo una inspección de su última declaración.

Además de la especialización (de los niños hacia carreras de liderazgo y de las niñas hacia el cuidado o profesiones feminizadas), otro de los inconvenientes de la educación segregada es que impide que los niños y las niñas aprendan a desarrollar otro tipo de relaciones más allá de las sexo-afectivas. La dimisión del Premio Nobel Tim Hunt por sus declaraciones (“Tres cosas ocurren cuando hay mujeres en el laboratorio: te enamoras de ellas, se enamoran de ti y cuando las criticas lloran”) son un claro ejemplo. Hunt es una víctima de esa educación del pasado en la que los chicos y las chicas se juntaban por primera vez en los guateques y no aprendían a entablar relaciones de amistad o camaradería.

Esta es la razón por la que, aún en nuestros días, algunos hombres siguen ejerciendo un liderazgo condescendiente con sus subalternas, no así con sus jefas, a las que raramente llaman señorita, chata, nena, guapa, etc., que son apelativos paternalistas y de protección o familiares y afectivos.  Todos ellos improcedentes en el entorno laboral.

Cuando escuchamos hablar de lenguaje inclusivo, tendemos a pensar que se trata de los miembros y las miembras o los portavozos y las portavozas. Y no pocos se indignan con la RAE, una vez más, por su testarudez en primar la economía y la estética en el lenguaje.

Es verdad: la reiteración se hace cansina, pero, desde mi punto de vista, creo que la autoridad lingüística no debería combatirla con tanto ahínco. Sí el “Verde que te quiero verde” de Garcia Lorca justifica la aliteración en aras de la belleza, no tienen derecho a impedir a los políticos que repitan hasta la saciedad o se inventen palabras para lograr otra de las misiones de esta figura literaria: llamar la atención. Y no podréis negar que, en los dos casos mencionados, las redes y los medios hirvieron con reacciones a favor y en contra. ¡Misión cumplida! Personalmente, prefiero buscar caminos alternativos, nombres colectivos como “infancia” en vez de niños y niñas, o “personas” en lugar de mujeres y hombres, o recurrir a palabras en inglés que no tienen género.

No olvidemos el lenguaje corporal: una “inofensiva” mano en el hombro, rompiendo la distancia física, aun cuando no haya ni la más mínima insinuación sexual; los brazos cruzados cuando nos dirigimos a alguien o las piernas abiertas de par en par ocupando el sitio propio y el de los demás, no son un lenguaje corporal inclusivo.

En fin, ya veis que la igualdad va mucho más allá de la letra A.

Si te interesan estas cosas del leguaje debes leer a Judith Butler, y sobre la educación segregada a Mª Ángeles Durán.

Otras entregas de “Y ahora qué”:

¿De quién es el patio del colegio?

Pues que yo sepa, los niños también lloran

Pero no solo hay que parecerlo

El tiempo es oro

Serendipia

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