Driversity | Y ahora qué: Pues, que yo sepa, los niños también lloran.
EDUCACIÓN, me apasiona el sector, enseñar y aprender, FUNDACIONES en España y Estados Unidos. EQUIPOS, sé valorar y potenciar el TALENTO incluso en entornos complejos. CAMBIO, sé gestionarlo y además promoverlo. DIVERSIDAD, investigación, divulgación y gestión, con especial atención en CULTURA, LGBT y MUJER. Mi involucración en un COMITÉ DE DIRECCION me ha aportado la capacidad de ver la FOTO COMPLETA de las ORGANIZACIONES. Mi experiencia INTERNACIONAL me ha hecho FLEXIBLE. Me gusta EMPRENDER no tengo miedo a la INCERTIDUMBRE y estoy acostumbrada a trabajar en entornos DIFÍCILES. PROYECTOS incluyendo DISEÑO, GESTIÓN Y FINANCIACIÓN. Me satisface haber sido capaz de EQUILIBRAR una CARRERA EXIGENTE con una FAMILIA EXTENSA y con LO QUE ME GUSTA.
Margarita Alonso, Driversity, Feminismo, diversidad, empoderamiento de la mujer.
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Y ahora qué: Pues, que yo sepa, los niños también lloran.

Con mucha frecuencia, en los foros empresariales se habla de las diferencias entre el liderazgo masculino y el femenino; los hombres son de Marte, las mujeres de Venus; a las niñas les gustan las princesas y el rosa y los niños no lloran. ¿Hay algo de cierto en esto? Hace siglos asistí a una sesión de diversidad en la que, para abrir debate, el profesor lanzaba una pregunta a los estudiantes:

¿Las mujeres y los hombres son iguales o no?

Unos decían que sí, otros decían que no, pero, poco a poco, las voces se iban decantando cada vez más por el no. Hasta que un alumno, se hizo con el liderazgo y contesto rotundo:

No, por supuesto que no -añadiendo con una sonrisa de lo más pícara-. Afortunadamente.

Existen estudios empíricos que demuestran con datos extrapolables que, a la hora de liderar, ante el cuidado o ante la asunción del riesgo, por ejemplo, las mujeres y los hombres se comportan de formas muy diferentes. Además, desde el punto de vista biológico no existe discusión: somos distintos. Pero no por ello debemos dejar de reclamar la igualdad, y no se trata de ser iguales, sino de tener las mismas oportunidades.

Desde mi punto de vista, la pregunta no es si somos iguales o no. La cuestión es si las diferencias son genéticas o culturales. Es decir, si nacemos diferentes o las diferencias son un constructo social que se nos inculca desde el momento en que nacemos. Este dilema también ha derramado litros de tinta y consumido horas y horas de debate. La naturalización defiende que el instinto maternal de las mujeres es innato y que el hombre es competitivo por naturaleza.

Otras teorías defienden que el reparto de roles se hizo hace miles de años y que vino dado por la maternidad. Las sinergias existentes entre la gestación, la crianza y el cuidado hicieron a las mujeres recolectoras, mientras que el tamaño y la musculatura convirtieron al hombre en cazador. Luego, la fuerza de la costumbre, la cultura y las creencias a través de sus herramientas de control reforzaron estos roles.

Los humanos hemos conseguido dominar el fuego y derrotar a los terremotos con edificios antisísmicos. Aunque no siempre, hemos conseguido doblegar los designios de la Madre Naturaleza, hemos enviado naves a la Luna y el buen hacer de la doctora María Blasco, entre otros, nos acerca día a día a la cura del cáncer. Pero una de las diferencias más vitales con respecto al resto de los seres vivos es la autodeterminación. Aunque con limitaciones, somos capaces de decidir sobre nuestro destino y podemos cambiar nuestras costumbres.

Los pingüinos siempre criarán a sus polluelos acurrucados a sus pies, y el macho y la hembra se turnarán para ir a buscar comida. Los albatros siempre se reproducirán longevos y en parejas monógamas. Sin embargo, la familia humana ha evolucionado, y mucho, en los últimos siglos. De familias extensas hemos pasado a familias nucleares. Los anticonceptivos, el divorcio, la adopción, la reproducción asistida, la inmigración, la maternidad subrogada, las pruebas genéticas que permiten rastrear la paternidad, o el aborto son algunos de los factores que han contribuido a ello. Y no debemos olvidar a las familias LGBT+.

El concepto de familia ha evolucionado. Ya no existen los hijos ilegítimos, el matrimonio no es vitalicio y dos mujeres se pueden casar y procrear gestando una el ovocito de la otra. Los lazos de sangre pierden preponderancia ante los lazos del afecto y el cuidado: un hijo adoptado es ahora querido y deseado como uno natural, y otras fórmulas, como la acogida, también construyen familia.

La familia es un constructo social en el que los humanos nos sentimos protegidos. Ya sea la familia consanguínea, el clan o la tribu, es práctico vivir en su seno, pues la familia protege. Pero esta protección exige un peaje: el control, que será más elevado para aquellos individuos que no pueden o no quieren adaptarse a las reglas.

Para que la familia cumpla su función, el individuo cede autonomía, y el grupo impone su ley. No existen normas escritas para saber cómo desenvolverse en el seno de una familia, pero existen reglas sobreentendidas que los miembros conocen y acatan, o no. La enculturización es la transmisión de una generación a otra de estas reglas: la cultura, los hábitos, los ritos de paso. No hay connotaciones negativas en este proceso en el que los progenitores transmiten lo que han aprendido a su prole. Aunque con ello estemos contribuyendo, sin querer, a perpetuar la discriminación o las desigualdades.

Hace años, estaba yo haciendo horas de parque con mis hijos y una vecina me preguntó sobre el colegio al que los llevaba. Le advertí que era duro y exigente. Ella se mostró feliz, pues era lo que deseaba para su Carlitos, un bebé sonriente y orondo que dormía plácido en su carrito. Me dejó muerta cuando dijo: “Para mi Elenita, prefiero algo más flojo”. Elena nos miraba agarrada a la sillita, y a mí me pareció que tenía cara de pena.

No podemos pensar que esta mujer es una mala madre, ni que quiere más a su hijo que a su hija. Tampoco hemos de extrañarnos cuando luego las estadísticas digan que las universitarias no eligen carreras STEM (en inglés ciencias, tecnología, ingeniería o matemáticas), ya que desde pequeñas les estamos diciendo que no son para ellas.

Naturaleza o cultura. Se nace o se hace. Llevo años asistiendo a este debate, pero no voy a escribir ni una letra sobre ello. Considero que es tan estéril como tratar de demostrar la existencia de Dios. Ni los agnósticos convencerán a los creyentes, ni viceversa.

Lo que nadie puede negar es que, incluso en nuestros días, las diferencias existentes se ven acentuadas por las herramientas de control. Cada vez que consolamos a un niño diciéndole que “los niños no lloran”; cada vez que pensamos que una chica liberada anda suelta de cascos o que es una lástima que un chico sea gay, estamos sucumbiendo a ellas.

Obligar a los hombres a controlar los sentimientos, evitando a toda costa hacerse vulnerables; arrinconar la diversidad sexual, como un defecto, un pecado, un delito, una enfermedad o una condición inferior y, finalmente, controlar la sexualidad de las mujeres a través de la virginidad a la vez que se justifica el deseo sexual del varón como una necesidad ingobernable, son todas ellas herramientas de control.

Mis hijos me llaman “feminazi” porque les parezco exagerada en mis alertas. Pero es que vivimos el falso espejismo de la igualdad, y las herramientas de control siguen vigentes, aunque ahora funcionan de una forma menos evidente, y afloran a la superficie en forma de sesgos inconscientes.

Hombre, mujer; Venus o Marte, ¿Se nace o se hace? Personalmente, puedo vivir con la duda. En realidad, me resulta irrelevante. Lo único que sé es que los niños sí que lloran… y los hombres, también.

Si te ha interesado este artículo debes leer a José Ignacio Pichardo, Gary Becker y a Marvin Harris.

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